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Presentación de Nuestra Señora. 21 de noviembre

Sermón 63. ¡Quién viera a esta Niña luchar con Dios!  En Obras completas, BAC (2000), Vol III, pp. 843-854
Presentación de Nuestra Señora, 21 de noviembre. En un convento de monjas.

Exordio
1. A las festividades de la sacratísima Virgen hemos de venir con corazones fervientes y muy agradecidos. Por eso dice San Buenaventura que los que hablan de nuestra Señora han de tener en sus palabras muy gran verdad y fervor: Verdad, porque la Virgen es enemiga de los mentirosos y amiga de los verdaderos en sus palabras y obras. Esta Señora es la que engendró una Verdad que destruyó todas las herejías y una luz que alumbró todas las tinieblas. Fervor, porque, si a ésta que es verdaderamente nuestra no amamos, ¿a quién amaremos? [...] Esta Señora que agora está tan grande en los cielos, algún tiempo fue chiquita acá en la tierra; y verdaderamente será chiquita para los que de verdad fueren agora chiquitos en sus ojos y se humillaren y le pidieren gracia.

¿Para qué entra la Niña en el monasterio?
2. [...] Hoy celebra la santa madre Iglesia aquella Señora que en su cántico dijo: Ha hecho el Poderoso en mí grandes cosas (Lc 1,49). Celebramos la fiesta de su presentación, el día en el cual sus benditos padres San Joaquín y Santa Ana, siendo esta Señora niña de tres años, la presentaron al templo para que sirviese al Altísimo Dios.

Buena es para muro esta Niña
6. Excelsior caelo, profundior inferno, longior terra, et latior mari (cf. Job 11,8-9). Esta chiquita de que hablamos, más alta es que el cielo, más profunda que los abismos, más ancha que la tierra. Más alta que el cielo en lo espiritual. A lo «mejor» decimos «más alto» y grande. Entre todas cuantas cosas Dios crió, dejada la humanidad de Jesucristo, entre todas las criaturas puras no hay otra tan excelente, y así no tan alta; que aunque es chiquita, es más que los ángeles, más que los serafines. ¡Bendito seas, Señor, que de nuestra generación nos diste esta Niña, más alta que el cielo! Si la queréis de pensamientos, altísima; si la queréis de fundamento, profunda; si tenéis buenos ojos, paraos a mirar esta Niña, humildísima en sus ojos. En esta Virgen no hay cosa más excelente que su humildad. Ella bien conocía las grandezas que Dios hacía con ella, pero no atribuía nada para sí, ni a sus fuerzas, del bien que tenía. No hubo criatura pura que tan de veras diese la honra a Dios como esta Virgen. Mirad si tiene buenos fundamentos.

7. ¿Fáltale anchura? Esta Virgen es muro de todo el mundo universo, y no solamente de éste, que es poco, sino de todos los hombres. Mirá cuántos fueron y se murieron, y vinieron otros y otros. Finalmente, de Eva somos todos hijos según la carne, y de la Virgen según el espíritu. Afecto de Madre, corazón de defensora tiene esta Niña para todos los hombres; mirad si ha menester ser larga para ser madre de tantos hijos. Niña, ¿de dónde tenéis vos manto para cubrirnos a todos? ¿De dónde alas para abrigar tantos pollitos? ¡Más ancha es que la tierra! Caben en ella justos y pecadores; los pecadores son perdonados por los ruegos de ella, y los justos conservados en gracia; [cabe] quien no cabe en el cielo, más ancho que la tierra, y cielo y ángeles; que pues Dios entró en ella y cupo en ella, ¿no cabrás tú, pecador? [...]. El que no cabe en los cielos, en tus entrañas se encerró; bien cabrás, pecador, en las entrañas de la Virgen.

Señal de predestinación, tener gran devoción a la Virgen
25. Pregúntoos que me digáis: ¿Cuántos corazones de cristianos hay ahora que pasarían muerte por la honra de la Virgen? ¡Esto es verdad! ¿Qué es eso? ¿Cómo queremos tanto a la Virgen? ¿Cómo hay tanta gente que la ama y que tiene a María escrita en su corazón? Señora, si pudieron tus virtudes prender el corazón de Dios, ¡qué mucho que prendan el de los hombres! Tu cuello, Iglesia es, como turris David, mille clypei pendent ex ea, omnis armatura fortium (cf. Cant 4,4). -¿Quién es la cabeza? -Cristo. -¿Quién es el cuerpo? -La Iglesia. -¿El cuello, quién? -La que traba con sus oraciones el cuerpo con la cabeza, medianera entre Dios y los hombres, más alta que nadie; y cerca de Dios en bondad y alteza y cerca de nosotros por misericordia; más alta que nadie, pero más baja que todos en sus ojos. El cuello de la Virgen torre es. En este cuello mil escudos penden (Cant 7,4), donde se arman los fuertes y a ella se acogen los flacos.

¿Qué haré por la Virgen?
32. -¿Qué haré por la Virgen? Muchos bienes me ha dado Dios por ella; ¿qué haré por ella? -¿Acuérdaseos de aquellas bodas cuando faltó el vino, que dijo la Virgen a su Hijo: «Hijo, no tienen vino, compasión tengo de ellos»? Díjole nuestro Redemptor: Mujer, ¿qué tengo que ver contigo? -«¡Bien lo entiendo!». Vase a los que servían las bodas: Quodqumque dixerit vobis, facite: Todo lo que os dijere mi Hijo hacedlo (Jn 2,5). ¡Qué breve sermón, mas muy compendioso! Aquí predicó tanto como Esaías, San Pablo y San Lucas, y todos los apóstoles y profetas. Nunc, filii, audite me (cf. Prov 8,32): Oídme lo que os quiero decir; quizá de la boca de la Madre se imprimirá en vuestros corazones: Todo lo que mi Hijo os dijere hacedlo (Jn 2,5). Y así el mayor servicio que le podéis hacer es hacer lo que manda su Hijo: «Señora, por vuestro amor perdono esta injuria». ¿Tenéis amor malo a mujer?: «Quiero apartarme de ella por vos. Quiero callar, silencio quiero tener por amor de vos; aquello que más me duele hacerlo o dejarlo de hacer, ofrecerlo por la Virgen». Que quererla bien y no imitarla, poco aprovecha. Imitémosla en la humildad y en las demás virtudes; porque ella es el dechado de quien hemos de sacarlas; y haciendo esto nos alcanzará gracia y después gloria.

No tomes pena de los difuntos

Sermón 82. No tomes pena de los difuntos como los que no tienen esperanza. En Obras Completas, BAC (2000) Vol III, pp. 1089-1102

Exhordio

1. Por terrible y espantosa y despreciada que aparezca la muerte, hay en ella muchos y muy grandes provechos y bienes, si bien lo sabemos considerar. Cierto, no dejara tan grande venganza Dios si de ella no pensara sacar algún bien, y será muy grande, más que el mal que el demonio procuró; pero es menester, para que en esto nos aprovechemos, tener ojos cristianos y la prudencia del Espíritu Santo para bien sentir de ella.[…]

 

2. Dícenos y aconséjanos San Pablo que no tomemos pena de los que duermen, de los que ya pasaron en esta vida; no estemos con dolor ni tristura, como lo suelen hacer los que no tienen esperanza (1 Tes 4,13) de gozar de la vida esperitual que esperamos. Consuelo grande es éste para quien ha tomado pena por el difunto, tener esperanza que les irá bien en ella.

 

Contra el miedo de la muerte, esperanza en la resurrección

3. Estas palabras, que he propuesto con el favor del Espíritu Santo y darán fundamento a nuestro sermón, son del apóstol San Pablo, a la carta primera que escribió a los de Tesalónica en el capítulo 4. […] En romance: De los que duermen no queremos que seás inorantes en estos negocios, como los que no tienen esperanza (1 Tes 4,13).

Grande empresa tomáis, San Pablo, en persuadirnos que no tomemos pena de los difuntos. ¡Oh! ¡Válame Dios! […]

 

4. —¿Qué remedio, padre, qué remedio? —Dice San Pablo: No queremos, etc., que seás inorante en este negocio, porque no tengáis tristeza, como los que no tienen esperanza. De manera que el tener esperanza, como dice San Pablo, es remedio para que no le tengamos miedo; y tener miedo es señal de no tener esperanza; ni hay otro remedio ninguno para tener esperanza que no dejar acá en el mundo algún arrimo. No es posible que en el corazón donde hay amor de las cosas de acá, lo haya de lo verdadero. Quita, arranca de raíz el amor, el cuidado demasiado de estas cosas perec[e]deras, que tan presto las dejamos. Y veremos luego cómo crece el amor y la esperanza de las cosas del cielo. Y no puedes allegar de otra manera a esta esperanza, que es muy alta, sino con dejar todo lo bajo de acá, todo lo que ha de perecer y pasar como sombra y como viento.

 

Quien espera, todo lo sufre, todo lo lleva, no siente nada dificultoso

10. El que tiene este bien, el que tiene en su corazón esta esperanza, el que espera estas ciertas riquezas, está alegre y gozoso. Dígalo San Joán en su primera canónica […]. Mirá, hermanos, que de antemano los que agora sirviéremos a Dios tenemos este bien, hanos hecho el Padre merced, esta caridad, hanos mostrado en esto el amor que nos tiene, que nos nombremos hijos de Dios, y lo seamos (1 Jn 3,1), mientras en este mundo viviremos, porque no podemos por agora gozar de su conocimiento claro; pero cuando en hora buena salidos de esta carne miserable apareciésemos, [se nos] descubrirá para que nos gocemos; vello hemos y gozarnos hemos con verle; verle hemos como Él es, visión clara sin estorbo.

 

Dos motivos de consuelo para quien ha de morir: Cristo pasó por ello; es paso para la vida

18. Para los que tienen de morir, oíd dos remedios, no para excusarla, sino para que, sin poderte excusar, haya de venir ese consuelo en ella y la reciba con alegría: el primero es pensar que Jesucristo Nuestro Señor pasó por ella y por los trabajos de ella. Aunque el buen cristiano pudiese excusar la muerte, viendo a su Señor Jesucristo que pasó por ella, no había de querer excusarse, y cuando en algunos trabajos y desconsuelos se viese, se había de alegrar mucho en ellos, por habellos tenido Jesucristo y por parecerle en ellos. El otro remedio es querer temer la muerte. Piense que, aunque parece cosa triste y temerosa, que por ella se pasa a la vida que es alegre y llena de deleites. Salimos de las miserias de este mundo y vamos a gozar de los bienes que Dios nos tiene prometidos en el otro; salimos de los peligros y vamos a la seguridad, y salimos del destierro y vamos a la propia tierra nuestra, que es el cielo.

—Señor, ¿tenemos alguna seguridad, tenemos alguna prenda que nos pase por este paso? —¿Vos no sois batizado? ¿Y no os metieron debajo del agua, que es señal de morirse? Pues Dios Nuestro Señor, ¿no sacó a los hijos de Israel por mitad del agua del mar Bermejo? Salieron libres y vivos; salieron vivos entrando por medio del mar. ¿Qué quiere decir esto? Que ansí como en el baptismo te metieron debajo del agua y salisti vivo, así entrarás en la escuridad y terrible trago de la muerte, y saldrás vivo; tragarte ha la ballena y gomitarte ha como a Jonás. Dice San Pablo […] En verdad que si creemos que Jesús murió y resucitó, que también nos resucitará a nosotros con Él, si muriésemos por Él (1 Tes 4,14). ¿De dónde vale esa consecuencia? Vale, porque cierto está que donde están los pies está la cabeza, donde está el cuerpo allí se llegan las águilas. Ubi est corpus ibi congregabuntur aquilae (cf. Mt 24,28; Lc 17,37).

 

19. Ya Él ha tomado la posesión por todos; allá nos está esperando. Él pagó nuestros pecados; ya nos concilió por su preciosa sangre al Padre. Él pagó nuestras deudas; ya estamos presos en Él; todo lo que Él tiene es nuestro; para nosotros lo quiere. Seguro va a juicio quien padre tiene alcalde. Ámalo, hermano. Goza del bien que te ganó. Encorpórate con Él y entrarás en tu propia honra. No temas nada. Para subir allá, grandes trabajos pasó Él; así te ha de costar a ti. Ten fortaleza y pídele socorro, que dártelo ha. No habrá cosa, por fiera y espantable que sea, que con su ayuda no la venzas. No temas, que Él solo basta para defender de todos cuantos sobre la tierra te pueden contradecir. Pues un hombre por ahí se pone a morir, si es menester, por lo que a su esposa cumple, por la uñita de su pie, cuánto más virtud hay en Jesucristo para hacer esto por quien Él ama y por quien Él es amado, y en cuyos ánimos vive y mora. Llámalo, que Él y nosotros somos uno, un cuerpo somos, Él la cabeza y nosotros los miembros. Grandes prendas de amor nos ha dado. Quien esto entiende, ¿cómo toma pena por los muertos, como lo hacen los que no tienen esperanza?

 

Esperanza tengo de que este difunto está en camino de salvación

29. Veis aquí dos maneras de estados de personas: unos viven con esperanza, y conforme a ella obran y tienen mucho cuidado de sus ánimas y conciencias; otros viven descuidados, temerosos, desconfiados y con mucho temor de la muerte. […]

Más me consuelo yo con éstos que con un San Pedro y San Pablo, porque aquellos bienaventurados santos, como fueron las primicias del Espíritu Santo, recibieron grandes dones de la misericordia del Señor, con que obraron las maravillas y obras que sabemos que obraron; pero estos con quien tratamos, que conocíamos flaquillos como nosotros, nos dan aliento y nos esfuerzan para que esperemos que también nos hará Dios misericordia y que también nos salvaremos nosotros como ellos.