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Nuestra Señora de los Dolores. 15 de Septiembre

Sermón 67, nn.17-20. En Obras Completas, BAC (2000), Vol III, pp.902-903

¿Quién medicinará tus angustias? ¿Quién pondrá tasa y medida a tus dolores? ¿Quién bastará a contar tus penas? ¿Quién contará lo que tal día como hoy padeciste? Cuan grande es el amor que ardía en tu corazón, tan grande es el angustia. Si supiésedes conocer cuán grande es el amor que esta Virgen sacratísima tenía a su Hijo, sabríades conocer el dolor que hoy ha pasado por ella; pero, como no se puede conocer el amor, ansí también no se entiende el dolor que recibió.

¿No habéis visto en las criaturas irracionales el amor que una madre tiene a un hijo? Como una vaca a su becerrillo, que se dejará matar por él; ¡allegárselo a quitar, por mi vida! Aun se ha visto una gallina morir por sus pollicos, porque ellos no reciban daño. Pues pensad esto ahora en la Virgen, que amaba a Jesucristo como a Hijo y amábalo como a Dios. Aquella reverencia con que le trataba, aquella reverencia con que estaba delante de Él, creo que no osaba alzar los ojos del suelo. [...]

¡Oh, bendito seas, Señor, que fuistes servido que el amor grande de esta Virgen fuese sayón que la atormentase tanto, que dice San Jerónimo que cada punzada, que cada puñada que daban a Jesucristo en el cuerpo, era una lanzada que atravesaba el corazón de la Virgen; cada bofetada, cada azote, cada llaguita que hacían a Jesucristo, tantas puñaladas eran para el corazón de esta Virgen! ¡Oh, bendita sea tu misericordia, que tantas saetas tuviste para herir y traspasar el corazón de esta Virgen! Pues si el cuerpo de Jesucristo estaba con cinco mil azotes repartidos en un cuerpo como el suyo, su sacratísima cabeza atravesada por tantas partes de las espinas, horadados con clavos tan crueles sus pies y manos, todo corriendo sangre, sus sacratísimas barbas peladas, escupido, abofeteado, aquel delicado cuerpo descoyuntado y sus tiernos miembros desencajados, ¿qué tal os parece que estaría el corazón de la Virgen, que esto tenía delante los ojos? ¡Oh virginal corazón! Pintáisla con siete cuchillos, ¡con setecientos la habíades de pintar! No tienen cuenta las gotas de la mar y sus arenas, no tienen cuenta las estrellas del cielo con los dolores de la Virgen María.

¿A quién te compararé? ¡Oh Virgen sacratísima!, ¿cuál estaba tu corazón? ¿Qué sentiste en este día bebiendo agua de dolor, entrando las aguas de los tormentos hasta lo interior de tu corazón? (cf. Sal 68,2). Subido han las ondas tempestuosas de las aguas hasta zabullir tu corazón. Menester fue ayuda particular para sufrir y pasar lo que hoy por ti pasa. ¡Oh gran lástima, Madre, que el que adoraba por Dios oyese decirle tantas injurias, tantas blasfemias! ¡Oh lastimado corazón, que tal pregón oíste: pregonar al Hijo de Dios y tuyo como a salteador, y decirle tantas injurias! ¡Qué de dolores entraron por tus oídos!, ¡qué de dolores por los ojos! Pensad en esto, y pedid gracia, y pidámosla todos para entendello.