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Festividad de Todos los Santos

Sermón 79. A quien Dios tuvo propósito de salvar, El lo ha de salvar. En Obras Completas, BAC (2000) Vol III, pp. 1063-1072

 

¿Qué es predestinación?

2. […]. Las palabras que tomé para nuestro sermón son de la carta que el Apóstol envió a los romanos; están a los ocho capítulos de ella. En romance suenan: A los que predestinó, etc.

[…] ¿cómo hablará un hombrecillo como yo, de una cosa que tanto excede, como es de la que hemos de hablar hoy, que es de la misericordia que usa Dios con los santos bienaventurados que están en el cielo, y estuvieron aquí donde nosotros estamos? Que de esto hemos hoy de hablar, que hoy celebramos el día de Todos los Santos.

 

3. Cuando dijere santos, no entendáis solamente San Pedro y San Pablo y San Juan y otros ansí; mas entendamos todos los que están en el cielo, todos los que están en gracia; que hoy es el día de Todos los Santos, hoy es el día que nos representa lo que cantan los santos hoy en el cielo; hoy es el día que se nos muestra la misericordia de Dios con los que Él quiso llevar a gozar para siempre de Él; hoy es el día que se nos da a nosotros esperanza para ir [a] acaballo para siempre con ellos. […]

 

4. ¿Qué cosa es predestinación? Claro que todos lo entendáis. No es otra cosa sino que, desde que Dios es Dios, tiene amor a ciertas criaturas, hombres y ángeles; un querer comunicar sus bienes a las criaturas; un querer hacer participantes de su gozo, de su ser y bondad, y tener propósito, desde que Él fue, que ciertos hombres y ángeles se sentasen a su mesa a comer su manjar. Esto es predestinación. […]

 

5. Y es tan cierta esta merced y tan firme este propósito, que en ninguna manera puede faltar; aunque se levanten pluvias y vientos y la tierra y el infierno, es imposible que falte uno de los que Dios tiene asentados en su pecho para los salvar. Las ánimas de los santos están en las manos del Señor (cf. Sab 3,1); tráelos Dios tan guardados, que los tiene siempre en su mano; ¡mira cómo se le han de perder! […]. Asentá en vuestros corazones que, a quien Dios tuvo propósito de salvar, que por acá o por allá vaya o venga, Él lo ha de salvar.

 

Llamar Dios es convertirte a Él

10. […] A los que predestinó llamó. Llamarlos Dios es traerlos a su conocimiento y convertirlos a Él. Uno de tal padre o tal madre, otro de otros; uno de aquí, otro de allí; otro de los moros, otro de los judíos. Que si es de los que Dios tiene predestinados, aunque esté allá en los fines de la tierra y no haya hombres, enviará Dios un ángel que le predique, y le dé su conocimiento, y le alumbre con la fe de Jesucristo su Hijo, y lo baptice. Aunque sea el más obstinado judío, le quitará Dios el corazón de piedra y le dará corazón de carne (cf. Ez 36,26), para que le crea y se convierta.

Y es cosa de notar con cuánta sabiduría, con qué manera, con qué arte y por cuánta diferencia da Dios a cada uno de éstos los remedios para que alcancen aquel fin para lo que los tiene predestinados. […]

Luego el llamar Dios es convertirle a Él. ¿Qué tenías? Y es de tanta fuerza, que, aunque tuvieses el corazón de hierro y fueses de piedra, responderías a Dios si eres de ellos. No salva Dios a nadie por fuerza; mas ordena Él que tú quieras hacer con que te salves, queriendo. Llámalos Dios y límpialos y justifícalos para engrandecerlos, para usar con ellos de misericordia.

 

¿Cómo se llama lo que Dios tiene en el cielo?

12. —¿Qué tenéis, Señor, para dar a estos vuestros amados? ¿Quién lo sabrá decir? —Un alabar a Dios para siempre desde que entraron en el cielo; un ser sin falta, un descanso sin trabajo, un gozo sin pesar, una vida sin muerte, un deleite no sucio.

—¿Qué es lo que tenéis? —. Es un reino donde han de reinar y ser reyes; no de reino que se acaba, sino de reino para siempre.

[…] Dalles ha también una tierra […].

¿Cómo se llama más? —. Llamarse han hijos de Dios, estarán entre los hijos de Dios, en compañía de los ángeles y con Dios. Acá se llaman hijos de Dios que no han heredado. Allá serán hijos de Dios que habrán heredado.

 

13. […] También les darán ver a Dios. Denle gracias los ángeles para siempre jamás; que hemos de ver a Dios como Él es y gozar de Dios, […]

 

14. —¿Cómo se llama? —Beati misericordes (Mt 5,7). Llámase misericordia, que se da a los que usan de misericordia; y es misericordia que excede a toda misericordia.

Beati qui lugent (Mt 5,5; cf. Is 61,2). Llámase consolación, que se da a los que en esta vida fueron desconsolados; halago para los afligidos. […]

 

15. También en este evangelio se llama una corona que tiene Dios para el que venciere (cf. Ap 2,10.7). […]

—¿Cómo se llama lo que Dios tiene en el cielo? ¿Qué es? —Si mucho importunáis, deciros he que ese mismo es su nombre: ¿Qué es esto? No tiene nombre, sino un ¿qué es esto?

 

La predestinación es don de Dios

       16. Diréis: —Padre, ¿qué le dimos nosotros, pues que tanto nos ha de dar? —¿Y qué le dieron los que allá están, pues tanto les dio? Diréis: —Caro les costó: que a unos descabezaron, y a otros crucificaron, y a otros peinaron con peine de hierro, y a otros quemaron, y a otros desollaron vivos. —¡Oh hermano! Que eso de Dios es; que el morir por Dios, el querello, de Dios fue dado; y el podello pasar, efecto es de la predestinación; parte es del bien que Dios les tenía; que por eso se lo dio, porque quiso que fuesen allá.

        Diréis: —Dispusiéronse ellos a la gracia para ello. —También eso es don de Dios. —Usaron bien del libre albedrío. […]

 

¿Cómo sabré yo que soy uno de ellos?

18. Diréis: Pues, padre, ¿cómo sabré que soy uno de ellos? Que si de ellos soy, dadlo por hecho, no he menester sino dejarme estar ansí. —Ahí está el punto. ¡Oh si me mandase Dios que dijese a todos cuantos estáis aquí que nos hemos de salvar! Plu[g]u[i]ese a su misericordia que fuese ansí. Grandes señales tenemos de Dios para ello; que pues Dios nos pudiera criar entre turcos, y nos crió entre cristianos; y nos pudiera dejar como a otros cristianos, perdidos, y no nos dejó; y nos dio gracia para que recibiésemos su gracia en el santo sacramento, y oír más de su parte: el ego te absolvo: yo te desato de tus pecados, y nos dio gracia que nos llegásemos a su mesa. ¡Grandes prendas tenemos de Jesucristo para creerlo!

 

20. Luego, a los que predestinó, llamó; y a los que llamó, limpió y justificó; y a los que justificó, engrandeció.¿Qué diremos a estas cosas? Si Dios es por nosotros —pues que Dios es con nosotros—; si Dios es de nuestra parte, si Dios es nuestra guarda, ¿quién será contra nosotros? Si Dios nos quiere salvar, ¿quién osará condenarnos? ¿Quién osará levantarse contra nosotros? (cf. Rom 8,30-31.33-34). ¿Qué diremos a estas cosas, sino que sea Él bendito para siempre jamás, y que cuando nos llamare que le respondamos, y recibamos su gracia, y nos esforcemos a seguille hasta su gloria? Ad quam nos perducat. Amén.

Carta a Teresa de Jesús

Cartas 158. En Obras Completas, BAC (2000), Vol IV, pp.543-546

La gracia y paz de Jesucristo nuestro Señor sea con vuestra merced siempre.

Cuando acepté el leer el libro que se me envió, no fue tanto por pensar que yo era suficiente para juzgar las cosas de él como por pensar que podría yo, con el favor de nuestro Señor, aprovecharme algo con la doctrina de él; y gracias a Cristo, que, aunque lo he leído no con el reposo que era menester, mas heme consolado, y podría sacar edificación, si por mí no queda. Y aunque, cierto, yo me consolara con esta parte, sin tocar en lo demás, no me parece que el respeto que debo al negocio y a quien me lo encomienda me da licencia para dejar de decir algo de lo que siento, a lo menos en general.

El libro no está para salir a manos de muchos, porque ha menester limar las palabras de él en algunas partes; en otras, declararlas; y otras cosas hay que al espíritu de vuestra merced pueden ser provechosas, y no lo serían a quien las siguiese; porque las cosas particulares por donde Dios lleva a unos, no son para otros. Éstas, o las más de ellas, me quedan acá apuntadas, para ponerlas en orden cuando pudiere, y no faltará cómo enviarlas a vuestra merced; porque, si vuestra merced viese mis enfermedades y otras necesarias ocupaciones, creo le moverían más a compasión que a culparme de negligente.

La doctrina de la oración está buena por la mayor parte, y muy bien puede vuestra merced fiarse de ella y seguirla; y en los raptos hallo las señas que tienen los que son verdaderos.

El modo de enseñar Dios al ánima, sin imaginación y sin palabras interiores ni exteriores, es muy seguro, y no hallo en él qué tropezar, y San Agustín habla bien de él.

Las hablas interiores y exteriores han engañado a muchos en nuestros tiempos; y las exteriores son las menos seguras. El ver que no son de espíritu propio es cosa fácil; el discernir si son de espíritu bueno o malo es más dificultoso. Danse muchas reglas para conocer si son del Señor, y una es que sean dichas en tiempo de necesidad o de algún gran provecho, así como para confortar al hombre tentado o desconfiado o para algún aviso de peligro, etc. Porque, como un hombre bueno no habla palabra sin mucho peso, menos las hablará Dios. Y mirado esto, y ser las palabras conforme a la Escritura divina y a dotrina de la Iglesia, me parece de las que en el libro están, o de las más, ser de parte de Dios.

[...] Debe el hombre suplicar a nuestro Señor no le lleve por camino de ver, sino que la buena vista suya y de sus santos se la guarde para el cielo, y que acá lo lleve por camino llano, como lleva a sus fieles; y con otros buenos medios debe procurar el huir de estas cosas.

[...] Escrito está que Dios es amor (1 Jn 4,8.16), y si amor, es amor infinito y bondad infinita; y de tal amor y bondad no hay que maravillar que haga tales excesos de amor, que turben a los que no le conocen. Y aunque muchos lo conozcan por fe, mas la experiencia particular del amoroso, y más que amoroso, trato de Dios con quien Él quiere, si no se tiene, no se podrá bien entender el punto donde llega esta comunicación. Y así, he visto a muchos escandalizados de oír las hazañas del amor de Dios con sus criaturas; y como ellos están de aquello muy lejos, no piensan hacer Dios con otros lo que con ellos no hace. Y siendo razón que por ser la obra de amor, y amor que pone en admiración, se tomase por señal que es de Dios, pues es maravilloso en sus obras, y muy más en las de su misericordia, de allí mesmo sacan ocasión de descreer, de donde la habían de sacar de creer, concurriendo las otras circunstancias que den testimonio de ser cosa buena.

Paréceme, según del libro consta, que vuestra merced ha resistido a estas cosas, y aún más de lo justo. Paréceme que le han aprovechado a su ánima; especialmente le han hecho más conocer su miseria propia y faltas y enmendarse de ellas. Han durado mucho, y siempre con provecho espiritual. Incítanle a amor de Dios, y a propio desprecio, y a hacer penitencia. No veo por qué condenarlas. Inclíname más a tenerlas por buenas con condición que siempre haya cautela de no fiarse del todo, especialmente si es cosa no acostumbrada, o dice que haga alguna cosa particular y no muy llana: en todos estos casos y semejables se debe suspender el crédito y pedir luego consejo. Item, se advierta que, aunque estas cosas sean de Dios, se mezclan otras del enemigo, y por eso siempre ha de haber recelo. Item, ya que se sepa que son de Dios, no debe el hombre parar mucho en ellas, pues no consiste la santidad sino en amor humilde de Dios y del prójimo, y estas otras cosas se deben temer, aunque buenas, y pasar su estudio a la humildad, virtudes y amor del Señor. También conviene no adorar visión de éstas sino a Jesucristo en el cielo o en el Sacramento; y si es cosa de santos, alzar el corazón al santo del cielo y no a lo que se me representa en la imaginación: baste que me sirva aquello de imagen para llevarme a lo representado por ella.

También digo que las cosas de este libro acaecen aún en nuestros tiempos a otras personas, y con mucha certidumbre que son de Dios, cuya mano no es abreviada para hacer ahora lo que en tiempos pasados, y en vasos flacos, para que Él sea más glorificado.

Vuestra merced siga su camino, mas siempre con recelo de los ladrones y preguntando por el camino derecho; y dé gracias a nuestro Señor, que le ha dado su amor y el propio conocimiento, y amor de penitencia y de cruz. Y de esotras cosas no haga mucho caso, aunque tampoco las desprecie, pues hay señales que muy muchas de ellas son de parte de nuestro Señor, y las que no son, con pedir consejo no le dañarán.

Yo no puedo creer que he escrito esto en mis fuerzas, pues no las tengo; pero la oración de vuestra merced lo ha hecho. Pídole, por amor de Jesucristo nuestro Señor, se encargue de suplicar por mí, que Él sabe que lo pido con mucha necesidad, y creo basta esto para que vuestra merced haga lo que le suplico. Y pido licencia para acabar ésta, pues quedo obligado a escrebir otra.

Jesús sea glorificado de todos y en todos. Amén.

De Montilla, 12 de septiembre 568.  Siervo de vuestra merced por Cristo.  Juan de Ávila