Miradas actuales al nuevo Doctor. Santo
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- Viernes, 09 Mayo 2014 18:40
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Santo*
Introducción. La santidad como alternativa cultural
La fuerza innovadora del santo, se hace presentes en la historia de la Iglesia, y la llena de vida y de luz, cuando un gigante de la fe, como Juan de Ávila (1500?-1569) muestra con su vida y magisterio la potencia redentora de la fe cristiana, y su capacidad de regenerar tanto a las personas como las estructuras eclesiales. Así, se expresaba en uno de sus Sermones: “El Señor era toda hermosura de la santidad junta y cada una de los santos tiene parte de la semejanza de Él, conforme a los grados de la santidad de cada uno que del Señor recibió[1].
Para aquel que es reconocido como “Maestro de santos”, toda santidad dimana de un Dios que “es amor, predica amor y envía amor”[2],, el cual ha entrado en el mundo y en la vida de los hombres, por la encarnación redentora del Verbo, “Dios humanado”. De esta manera, Cristo es causa ejemplar de nuestra santificación y, a la vez, causa meritoria, ya que por sus méritos en la cruz nos mereció abundantemente la gracia, la remisión de los pecados, la justificación y santificación. Ese acto salvador de Cristo, es la raíz de la santificación en la Iglesia.
Como buen reformador que fue el Apóstol de Andalucía, verá siempre en los santos y en las santas la fuente y el origen de toda renovación eclesial. Ellos no son sólo bienes espirituales del Pueblo de Dios, sino también agentes que por sus ejemplares vidas humanizan a la sociedad. Es más, si por cultura entendemos todo aquello que ayuda a que la persona sea más plenamente persona, la santidad cristiana hace cultura en cuanto que es dejarse invadir por la fuerza redentora y santificadora de la gracia de Cristo, que eleva al hombre a la plenitud de su ser.
Se comprende que en estos momentos cruciales para el futuro del cristianismo tan amenazado por el nihilismo, el relativismo y el subjetivismo sentimental, el Magisterio de los Papas del siglo XX y XXI nos haya situado en la búsqueda de lo esencial que no es otra cosa que la santidad de vida de los cristianos, como la única potencia que puede vencer los males de nuestra época y ofrecer una alternativa de vida a este mundo descreído y desesperanzado.
El Maestro Ávila fue un eminente guía espiritual, un gran santo del siglo XVI. Pero no trataremos de la santidad del Maestro Ávila, de la cual ya se ha ocupado su Causa de canonización, sino de cómo entendía y predicaba él la santidad, convencido, como estaba, del llamamiento universal a la santidad.
1. El fundamento de la santidad
Cristo es el "Santo de los santos", el único que puede santificar a toda la humanidad; la Iglesia es el primer fruto de la redención de Jesucristo y, en este sentido, es el medio e instrumento por el que nos llega la salvación y santidad de Cristo. En esta comunidad convergen la acción de Dios Uno y Trino y la respuesta del hombre, el cual acepta la llamada a esta oferta de salvación.
Para San Juan de Ávila el comienzo de toda santificación en la Iglesia parte del don de la fe, la cual se nos concede por la inspiración del Espíritu Santo, siendo factor primero e indispensable para la justificación. Pero requiere también un acto de adhesión, de afirmación, por el que el hombre responde personalmente a Dios que le interpela.
El verdadero santo en Cristo es aquel que vive la vida de la fe mediante el amor, es decir, se da en él una unidad entre el creer y el obrar. En la justificación por la fe sin obras vio el Maestro Ávila minado todo el fundamento de la vida cristiana, por eso la relación entre la fe y las obras es un punto central en el pensamiento avilista.
La gracia es un don de Dios en Cristo por el Espíritu a los hijos adoptivos. Esto se produce en el cristiano cuando recibe el bautismo que, para el Maestro Ávila como buen seguidor de San Pablo, es un segundo nacimiento, superior al primero de la carne. Esta es la bondad y la belleza de la existencia cristiana. Es como "una vestidura hermosa" que mientras la guardamos limpia de pecado somos amados de Dios.
San Juan de Ávila, como otros espirituales de su época, presenta a Cristo como Mediador y Modelo. Esto tiene su incidencia a la hora de abordar la santidad de la vida cristiana, ya que toda santidad que se da en la Iglesia "ha de ser vida que se parezca a Cristo; quien quiere compañía con el Padre y con su Hijo Jesucristo, han de ser imitadores de Cristo", que es tener la luz de la fe y agradar en todo a Dios[3].
La vida del Santo Doctor es una muestra viva de cómo se llega a ser “santos en el Santo”: mediante la intimidad y amistad con el Señor, por la lucha contra los enemigos del alma y por las buenas obras de cada día. Todo esto nos hace agradables a Dios y ante los hombres. Pero también nos acecha la realidad del pecado, porque la raíz del mal está en el corazón humano. Sin embargo, la redención de Cristo, y el perdón en la Iglesia, nos purifica de todo mal, y la propia Iglesia se reforma en la medida en que el hombre se transforma por dentro.
2. La iglesia de los santos y de las cosas santas
Toda la vida de la Iglesia es un engendrar y hacer crecer en la santidad y, para el Maestro Ávila, santos son aquellos que gozan de la amistad divina. Combina admirablemente el doble plano de la santidad: personal y comunitario, que se reclaman el uno al otro.
Con bastante frecuencia encontramos en los escritos avilistas que llama a la Iglesia: "Santa Madre", "Santa Madre Iglesia", o simplemente "Iglesia Romana". Cuando aplica el vocablo de "santa" a la Iglesia está viendo en ella la participación y prolongación de la santidad divina; pero sobre todo es el resultado de la santidad del Verbo encarnado y, a la vez, el medio por el cual se extiende y comunica esta santidad a los hombres. Es, pues, la “ciudad” de los santos.
Como otros reformadores de la época, en la que él mismo denomina "Iglesia primitiva", ve realizada perfectamente la Iglesia de los santos en Cristo. Lo que caracterizó a aquellos orígenes es la "abundancia del Espíritu" que alumbraba y sostenía la vida santa de aquellos cristianos. La misma presencia de persecuciones es prueba de la fidelidad con que los primitivos cristianos abrazaban el "imitar a Cristo hasta la muerte"[4]. Esa ejemplaridad también se manifiesta la participación frecuente de la Palabra, Eucaristía, y la oración. Él llamará a esa primera etapa "la juventud de la Iglesia"[5], donde la santidad se cifra en imitar a Cristo, a Pedro, a los apóstoles y a sus sucesores, y no a otros.
María sí es modelo de santidad. Siguiendo a San Agustín, la mostrará como la criatura que ha concebido a Cristo en la fe más perfecta. De ahí, que "sea más alta que nadie y cerca de Dios en bondad y alteza, y cerca de nosotros por misericordia"[6]. Además, la presencia de María en la comunidad eclesial es "dinámica, ejemplar, silenciosa y fecunda", haciendo que sus "hijos" que aún se encuentran en este mundo en lucha con el pecado, descubran en ella el modelo de virtud y santidad.
Los medios de santificación no pueden ser otros más que la Palabra de Dios, de la que él era gran conocedor, los sacramentos y los ministerios a los que está confiada la propia transmisión de la gracia santificadora de Dios.
Conclusión. Los santos, hermosura de la Iglesia
La vida de San Juan de Ávila es un claro ejemplo de todo lo expuesto. Su teología acerca de la santidad cristiana se haya dispersa en sus Sermones, Platicas, Tratados, Comentarios bíblicos, Cartas y sobre todo en su obra cumbre el Audi, filia. Es evidente que sus escritos sobre la santidad de vida surgen de su fuerte convicción de amor a Jesucristo, a la Iglesia, y a las almas. El contemplará a los santos confesores, mártires, apóstoles y doctores como la gran “hermosura de la Esposa”, que mientras camina en este mundo necesita de la constante reforma.
Los innumerables santos que a lo largo de todos los siglos no han faltado en la Iglesia, son la mejor prueba apologética del bien espiritual, social y cultural que significa una vida de entrega total a Dios y a los hermanos.
La realización de la vida cristiana sólo se da siendo "santos en Cristo". La gracia divina nos precede y acompaña en la tarea de nuestra santificación, que se muestra en la apertura de corazón a Dios y a la vez en el servicio al prójimo con el estilo de Jesús, nuestro salvador.
La misión de la Iglesia de todos los tiempos, consiste en comunicar el amor de Dios que se ha revelado en la Persona de Cristo. La mejor realización de esta comunicación salvadora la da aquellos hijos de la Iglesia que con una coherencia en su vida cristiana, testimonian que Dios, existe, que nos aman, que nunca nos abandona. Sin esta santidad de vida no se reformará la Iglesia ni habrá nueva Evangelización.