Alocución del Ángelus. 31.05.1970

Alocución del Papa Pablo VI durante el Ángelus del día de la Canonización, domingo 31 de mayo de 1970.

 

            Ya hoy la Iglesia cuenta con un nue­vo santo, que es San Juan de Ávila. Un santo español del siglo XVI, gran predicador, gran escritor, gran promotor de la reforma de la Iglesia en la época del Concilio de Trento y gran maestro de vida espiritual. Entre sus muchos libros hay uno que debería ser conocido también en Italia, incluso hoy, especialmente por las almas religiosas, titulado Audi, filia; escucha, oh, hija.

            Esta canonización nos hace pensar en el patrimonio de hombres elegidos, que la Iglesia tiene, y que poco a poco se va aumentando a lo largo de los siglos; no se trata solamente de un patrimonio de recuerdos dignos de ser evocados por los historiadores o por los compatriotas (y es también cosa singular y admirable); no es solamente una tradición del pasa­do, una cosa preciosa que el tiempo no consigue borrar; sino un patrimonio vivo de personalidades de primera magnitud que están todavía con nosotros, mejor todavía, más que nunca, tras haberles si­do reconocida la santidad que las ins­cribe en aquella comunión de los santos que es la Iglesia; la Iglesia celestial especialmente, que en Cristo y mediante el Espíritu comunica con nosotros, todavía miembros de la Iglesia terrena y pere­grina en este tiempo y en este mundo. Si existe esta comunión de los santos ―y existe― ¿no haríamos bien en aprove­charnos de ella un poco más de lo que hoy hacemos? Debemos conocer a estos santos, honrarlos e invocarlos; y, sobre todo, imitarlos. Encontraremos consuelo pensando bien de la humanidad y vi­viendo bien la vida cristiana. Acaso, sin darnos cuenta nos dejamos impresionar por las figuras de hombres excepciona­les, por los figuras de los artistas, por ejemplo, de los deportistas, de los hé­roes, de los poderosos, y está bien, ya que éste es un fenómeno propio de la convivencia humana; es un mimetismo al cual de alguna manera nadie escapa. Si conociésemos mejor a los santos podríamos ser mejores, más fieles, más cris­tianos. Y, ciertamente, ¿no sería una rea­lidad admirable?

Tratemos de comprender a la Iglesia, que honra a Cristo honrando a sus me­jores discípulos, y hagamos nosotros también algo para marchar por este ca­mino. María está al frente, y nos invita.



Texto italiano, L’Osservatore Romano 1-2 junio 1970. Español, Ecclesia N.º 1.496 (20 junio 1970) 15 (867).