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San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia

Mons. Julián Ruiz Martorell

Obispo de Jaca y de Huesca

21.10.2012

Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

San Juan de Ávila, declarado Doctor de la Iglesia por el Santo Padre Benedicto XVI, escribe en su obra “Tratado del amor de Dios”: “La causa que más mueve el corazón al amor de Dios es considerar profundamente el amor que nos tuvo Él, y, con Él, su Hijo benditísimo, nuestro Señor”.
A propósito de las pruebas del amor de Dios, nos dice: “Y si todavía eres incrédulo a este amor, mira todos los beneficios que Dios te tiene hechos, porque todos ellos son prendas y testimonios de amor. Echa la cuenta de todos ellos cuántos son, y hallarás que todo cuanto hay en el cielo y en la tierra, y todos cuantos huesos y sentidos hay en tu cuerpo, y todas cuantas horas y momentos vives de la vida, todos son beneficios del Señor. Mira también cuántas buenas inspiraciones has recibido y cuántos bienes en esta vida has tenido; de cuántos peligros en esta vida te ha librado, en cuántas enfermedades y desastres pudieras haber caído si Él no te hubiera librado, que todas éstas son señales y muestras de amor”.
Por ello, exclama: “¡Oh amor grande, oh amor gracioso, digno de ser gratificado con amor! Danos, Señor, a sentir con todos los santos la alteza y profundidad, la grandeza y largueza de este amor (cf. Ef 3,18), porque por todas partes sea nuestro corazón herido y conquistado de este amor”.
San Juan de Ávila nos invita a considerar la grandeza del amor de Cristo: “¡Oh Amor divino, cuánto mayor eres de lo que pareces por acá de fuera! Porque tantas llagas y tantos azotes y heridas, sin duda nos predican amor grande; mas no dicen toda la grandeza que tiene, porque mayor es por de dentro de lo que por de fuera parece. Centella es ésta que sale de fuego, rama es ésa que procede de ese árbol, arroyo que nace de ese piélago de inmenso amor”.
Sobre el amor de Jesucristo expresado en la cruz, afirma: “No solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes, nos llama dulcemente a amor; la cabeza tienes inclinada, para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados, siendo tú el ofendido; los brazos tendidos para abrazarnos; las manos agujereadas, para darnos tus bienes; el costado abierto, para recibirnos en tus entrañas; los pies enclavados, para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros. De manera que mirándote, Señor, todo me convida a amor: el madero, la figura, el misterio, las heridas de tu cuerpo; y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y que nunca te olvide de mi corazón”.
Al final de la mencionada obra, comenta: “No pienses que, porque se subió a los cielos, te tiene olvidado, pues no se puede compadecer en uno amor y olvido”.
Y añade: “Mira que no solamente viviendo padeció por ti, mas aun después de muerto recibió la mayor de sus heridas, que fue la lanzada cruel (cf. Jn 19,34); porque sepas que en vida y en muerte te es amigo verdadero y para que entiendas por aquí que, cuando dijo al tiempo de expirar: Acabado es (Jn 19,30), aunque acabaron sus dolores, no acabó su amor”.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+Julián Ruiz Martorell, obispo de Jaca y de Huesca