Un español, nuevo doctor de la Iglesia

Mensaje semanal de Mons. Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos. España

06.05.2012

A diferencia de lo que ocurre con los mediocres, los hombres verdaderamente grandes se agigantan con el paso del tiempo. Es lo que ha ocurrido con el santo patrono del Clero Español: san Juan de Ávila. Un sacerdote secular que recorrió Andalucía, La Mancha y Extremadura durante el siglo dieciséis, predicando el evangelio con gran fervor y competencia. La Iglesia no le canonizó hasta 1970, pero ahora le va a colocar en el pedestal que reserva a los que considera grandes entre los grandes, declarándole doctor.

Este título ha sido otorgado hasta ahora a treinta y tres personas. España puede enorgullecerse de que en esa corta lista estén san Isidoro de Sevilla, san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. El título de “doctor” se otorga al que ha estudiado y contemplado con especial clarividencia los misterios de la fe, tiene la capacidad de exponerlos de modo que sea para los fieles guía en su vida espiritual y en su formación, y ha vivido en plena coherencia con lo que enseñaba.

Los obispos de España hemos estado reunidos hace unos días en Madrid, celebrando una Sesión Plenaria de la Conferencia Episcopal. Al concluirla, hemos hecho público un “mensaje” en el que nos hacemos eco de la próxima Declaración de san Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia Universal e invitamos a los fieles a participar en los actos que se celebrarán en Roma y en diversos lugares de España, los cuales se anunciarán oportunamente.

Se trata, sin duda, de un gran acontecimiento para nosotros y puede significar un importante impulso a la nueva evangelización, en la cual estamos comprometidos y hacia la que caminamos con paso cada vez más decidido en toda la Iglesia. Como decimos los obispos en el citado mensaje, el ejemplo y enseñanza de san Juan de Ávila son “actualísimos ahora, en este momento crucial en que nos apremia la urgencia de una nueva evangelización”.

San Juan de Ávila, en efecto, nos ha legado un gran amor a la Sagrada Escritura, alma de toda evangelización –que él conocía a fondo y sabía casi de memoria-, un encendido amor a la Sagrada Eucaristía -que celebraba con inmenso fervor y ante la cual pasaba muchas horas preparando sus predicaciones-, un deseo sincero y eficaz de reforma auténtica en la Iglesia -mediante la renovación del clero y del pueblo- y una gran estima y conocimiento del Sacerdocio. Además, vivió en un momento en que la Iglesia celebró uno de sus grandes concilios ecuménicos: el Concilio de Trento, al cual envió dos importantes Memoriales que tuvieron notoria influencia en ese Concilio.

Sus obras más conocidas son Audi, filia, un gran tratado de vida espiritual, Tratado sobre el sacerdocio, Tratado del amor de Dios, Doctrina Cristiana (un Catecismo que podía ser recitado y cantado), Pláticas espirituales, Sermones y un espléndido Epistolario.

Como suele ocurrir con los santos, otros muchos entraron en contacto con él y se beneficiaron de sus consejos y doctrina. Entre ellos, san Ignacio de Loyola, san Juan de la Cruz, san Juan de Dios, san Pedro Alcántara y la misma santa Teresa de Jesús.

Nuestra diócesis tiene una especial vinculación con san Juan de Ávila, gracias a la Facultad de Teología. En ella existe, casi desde su fundación, un Instituto especializado de Teología del Sacerdocio que lleva por nombre “Instituto Juan de Ávila” y está bajo el patrocinio de este santo. Gracias a los simposios internacionales y a las publicaciones especializadas el nombre del santo y de Burgos han llegado a todas las Universidades de Teología. Estamos, pues, obligados a festejar el doctorado de nuestro santo con un relieve particular.

† Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos