“Yo soy un discípulo de San Juan de Ávila”

p-alvaro-huergaEl día 27 de junio, el antiguo edificio de las Escuelas del Maestro Ávila en Baeza acogía a un público llegado de diferentes lugares para escuchar al P. Álvaro Huerga Teruelo. Dentro del ciclo de conferencias Los jueves de Juan de Ávila, su intervención estaba anunciada bajo el título Las discípulas y los discípulos de Juan de Ávila. Como era de suponer sus palabras sobrepasaron los límites que sugería el propio título.

A modo de introducción refirió su propia experiencia y su aportación en el proceso que condujo a la Bula de Canonización otorgada por el Papa Pablo VI en 1970. Mencionó también las circunstancias que le obligaron a hacerse cargo de la elaboración de la positio y el informe correspondiente del Prefecto.

Entre los muros del primitivo edificio de la Universidad de Baeza, y tras evocar emocionado a los discípulos de Juan de Ávila que formaron parte de su primer claustro, matizó cómo en Juan de Ávila son inseparables los términos padre y maestro y aclaró la conjugación de ambos conceptos.

Juan de Ávila ejerció como padre y maestro en presencia, y también en ausencia por medio de las cartas que conforman el Epistolario, calificado por el P. Huerga como la obra principal en la producción del Maestro Ávila. A través de las cartas la paternidad y magisterio de Juan de Ávila se prolongó en el espacio y también en el tiempo; con orgullo y rotundidad el P. Huerga declaró en ese momento: “Yo soy un discípulo de San Juan de Ávila”.

En su disertación dedicó especial atención a la joven Sancha Carrillo y a Fray Luis de Granada. En el primer caso, se detuvo en el análisis del programa ascético desarrollado por S. Juan de Ávila a partir de la interpretación del Salmo 44 (11-12) en su libro Audi, filia y habló de la belleza física perseguida por cualquier mujer y la belleza interior que, tras el dominio de las pasiones, según cabe interpretar en el versículo: et obliscere populum tuum et domun patris tui, nace de la contemplación de la hermosura del Crucificado.

La referencia a Fray Luis arrancó de la mención a la primera carta del Epistolario, dirigida a un predicador y calificada por el P. Huerga como un resumido tratado retórico dedicado al dominico. Esta epístola define también a Juan de Ávila predicador. El predicador evangélico descrito por Fray Luis en su biografía, padre y maestro ante todo, pero también un orador esforzado y exigente consigo mismo hasta el agotamiento físico.

La amenidad del discurso, la profundidad de sus observaciones, la riqueza, acierto y vivacidad en sus argumentos pusieron en evidencia su celebrada capacidad como experto, pero sobre todo la veneración de este fiel discípulo hacia su Maestro Juan de Ávila.