Una joya del siglo de oro

Diario de Burgos. 12.02.2013

Joaquín L. Ortega

muoz-barbern-1959.-semin-murciaLa llegada a Burgos de las reliquias de San Juan de Ávila, el flamante Doctor de la Iglesia, nos remite al siglo XVI. Al siglo que la propia Historia ha llamado “de oro”. Juan de Ávila nació en Almodóvar del Campo, justamente el 6 de  enero del 1500. Fue el suyo un siglo brillante y áureo en muchos aspectos de aquella España. La unidad nacional, lograda al culminar la reconquista y simbolizada en el matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón, el reciente descubrimiento del nuevo mundo y el esplendor de los primeros Austrias, labraron un siglo de prosperidad y de brillantez que cundió también en las artes, las letras y la religiosidad misma. Siglo de fundadores y de reformadores, de poetas místicos, de tratados teológicos y de traducciones bíblicas. Juan de Ávila fue una joya dentro de aquella riqueza áurea.

Todos los grandes de la espiritualidad de aquel tiempo dejaron testimonio del peso y del valor de Juan de Ávila. Fray Luis de Granda fue su primer biógrafo. Teresa de Jesús no quería publicar el libro de su vida sin que lo viera antes el Maestro Ávila y dijo, cuando él murió, que se había quebrado una columna de la Iglesia. Ignacio de Loyola y Francisco de Borja buscaban su consejo y le proponían que profesara en la Compañía de Jesús, recién fundada. Juan de Dios cambió de vida tras escuchar una prédica de Juan de Ávila. Todos ellos y muchos más le tenían por maestro y Maestro le llamaban. Con el tiempo Juan de Ávila ha pasado a ser Doctor de la Iglesia Universal, formando con sus coetáneos, Juan de á Cruz y Teresa de Jesús, una trilogía de oro puro: los tres son hoy doctores de la Iglesia.

Las preciadas reliquias de Juan de Ávila vienen a Burgos de Montilla, Córdoba, donde él pasó sus últimos años y donde falleció el 10 de mayo de 1569. Fray Luis de Granada le describió como “persona de letras, de ingenio y de oración”. El llamado “Apóstol de Andalucía” estuvo a puntote irse a las Américas –a Tlaxcala, en México- para su evangelización. Fue hombre de estudios en Salamanca y Alcalá y creador de hasta 15 colegios mayores en lugares como Baeza y Jaén. Alternaba el estudio con la oración y la predicación. Sus obras teológicas y espirituales se leen hoy con el regusto del castellano del siglo de oro. Por una de ellas –“Audi Filia”- fue encarcelado por la Inquisición. En el Concilio de Trento esperaban su presencia. La vejez y la enfermedad se lo impidieron. Pero al Concilio llegaron su dos memoriales sobre la reforma de la Iglesia que allí fueron leídos y atendidos. Juan de Ávila fue una joya para la Iglesia y para España. Benedicto XVI ha tenido el gusto de engastarla en la diadema de los doctores de la Iglesia. Y bueno será saber que el proceso del doctorado, la Iglesia de España lo puso en manos, como postuladora, de una teresiana burgalesa: Encarnación González Rodríguez, nacida en Villaveta.