La Universidad Pontificia Comillas homenajea a san Juan de Ávila y santa Hildegarda de Bingen con un acto académico

Teología dedicó una sesión académica a los nuevos doctores de la Iglesia: San Juan de Ávila e Hildegarda de Bingen.

Tan sólo tres días después de que San Juan de Ávila y Santa Hildegarda de Bingen fueran declarados doctores de la Iglesia por Benedicto XVI, la Facultad de Teología de Comillas celebró una mesa redonda dedicada a este acontecimiento eclesial que se inserta en un año marcado por la fe y por el Sínodo de la nueva evangelización.

En el inicio de su intervención, Encarnación González Rodríguez, Directora de las Causas de los Santos en la Conferencia Episcopal Española y encargada de la causa del nuevo Doctor de la Iglesia, afirmó que este primer acto académico sobre el nombramiento supone un homenaje a la Compañía, a la que tan vinculado estuvo el santo durante su vida.

mesaredonda-comillasLa ponente explicó lo que significa la declaración de Doctor de la Iglesia y el procedimiento que se aplica. Con Juan e Hildegarda son ya 35 los doctores que han recibido este reconocimiento por haber manifestado su sabiduría, en muchas ocasiones, predicando la fe contra las herejías. Entre ellos hay predicadores, teólogos y místicos; y han sido papas, obispos, monjes, religiosos, cuatro mujeres y un único sacerdote diocesano, San Juan de Ávila. El primer título de Doctor de la Iglesia se otorgó a Santo Tomás, en 1567, y le siguió San Buenaventura, en 1588. 

Característica común a todos los que han recibido este reconocimiento es estar en posesión de una doctrina eminente. El criterio contenido en estos términos, que provienen de tiempo atrás, equivale a un carisma peculiar dado por el Espíritu Santo, y se pretende que la concesión del título se centre en un carácter eclesial y se fundamente en claros valores teológicos para el enriquecimiento de la Iglesia. Hoy en día, el contenido de la doctrina eminente se recoge en seis puntos: Estar en posesión de un carisma peculiar de sabiduría. Una enseñanza conforme con la fe y la vida cristiana que sobresalga por la cantidad y calidad de los escritos, la altura de la doctrina, la madurez y síntesis de la sabiduría alcanzada. Ser auténtico maestro y testigo de la doctrina y la vida cristina y aportar luces particulares en la defensa de la fe católica. Una doctrina apoyada en la palabra de Dios, la tradición y el magisterio de la Iglesia que constituya una profundización sapiencial. Una amplia difusión de los  escritos, una recepción positiva y un particular influjo en el pueblo de Dios con carácter universal. Y un mensaje seguro y duradero, capaz de contribuir a profundizar el depósito de la fe. 

El proceso para ser declarado doctor de la Iglesia comienza con una súplica ante la Causa de los Santos de las respectivas conferencias episcopales, que envían el expediente a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. La causa pasa por diversos análisis que tratan de establecer la existencia de doctrina eminente en la obra de la figura propuesta. En las distintas ocasiones en que hubo de emitirse un voto sobre la idoneidad de San Juan de Ávila para recibir el título, el resultado fue favorable  por unanimidad. 

María Jesús Fernández Cordero, profesora de la Facultad de Teología de Comillas, habló a continuación sobre "San Juan de Ávila: El ministerio desde la sabiduría de la cruz". Pablo VI, dijo, calificó de polivalente la personalidad del santo, pues, entre sus muchas facetas, fue acompañante espiritual, reformador de la vida eclesial, teólogo, humanista e, incluso, inventor. Todas ellas derivadas de su sacerdocio y de una vida pobre y austera.

Su ejercicio sacerdotal estuvo cargado de la sabiduría de la cruz, como apuntó la profesora Fernández. Sus exhortaciones partían de la convicción de que era posible hacer de los sufrimientos propios un padecer con Cristo en la cruz. Desarrolló su ministerio por los alrededores de Sevilla, aunque había querido ir a las Indias. De Écija partieron las denuncias contra él. La oración mental que proponía pareció a sus denunciantes causa para su acusación, y fue detenido por la Inquisición y encarcelado, aunque el proceso se saldó con su absolución, pero avisado de que en sus sermones "se mire mucho y se modere en el hablar". Como él, hubo erasmistas y otros teólogos denunciados ante el tribunal, y algunos terminaron condenados a la hoguera. A muchos de ellos les unía el origen judío converso que el sacerdote tenía por línea paterna.

El Ávila que salió de la cárcel había experimentado en ella la grandeza de la redención del misterio de Cristo, y grandes motivos para alegrarnos en Dios y padecer trabajos por motivo de su amor. En la prisión aprendió más que en muchos años de estudio pasados en Salamanca y Alcalá de Henares. En aquel tiempo le preocupaba  la  suerte de sus amigos y discípulos a los que sobrevenía la persecución, y desde la cárcel les llamó a no dar un paso atrás, a ser prudentes y a amar a los enemigos. Su tratado espiritual lo inició tras salir de la prisión: Audi, filia, que fue publicado sin su autorización e incluido, más tarde, en el índice de libros prohibidos. Al saberlo, Juan de Ávila destruyó muchos papeles y manuscritos. 

Tras la cárcel pasó a la diócesis de Córdoba, donde montó diversas obras con sus discípulos que llegaron a Italia y América, y mantuvo estrechos lazos con la Compañía de Jesús, en la que no llegó a ingresar posiblemente por su precaria salud. Fue capaz de impulsar la espiritualidad española del siglo XVI y su epistolario descubre su extraordinario carisma para el acompañamiento espiritual. Escribió numerosas cartas a sus discípulos y feligreses sobre distintos temas. Su estilo recuerda al de San Pablo y sus diálogos con Jesús son la mejor expresión de su interioridad, que siempre contempla la figura de Cristo en la cruz. En su labor destaca la fundación de colegios para niños y unos 15 colegios mayores de artes y teología, como la Universidad de Baeza. Para él, la reforma de la iglesia dependía de la formación de sus ministros, y constituía un modelo de austeridad con un estilo de vida de virtud. 

En la última intervención, la también profesora de la Facultad de Teología María del Mar Graña expuso el extraordinario modelo de mujer sabia del siglo XII que encierra la figura de Santa Hildegarda de Bingen.

Destacó entre los rasgos de esta nueva Doctora de la Iglesia su permanentemente apertura al saber, que mantuvo hasta su muerte, a los 81 años. Tuvo visiones desde muy pequeña, lo que constituye un enigma para muchos autores, pero no se la cataloga como mística, sino como profetisa, ya que sus visiones no se produjeron en estado de éxtasis, sino plenamente despierta.

En 1141 tuvo una gran visión, en la que comprendió de forma inmediata todos los  misterios divinos y de la Sagrada Escritura, y recibió la orden de hacerlos presentes en el mundo. A partir de ahí empezó a escribir su primera obra: Scivias, en la que cuenta lo que ha visto y oído y hace una exégesis pormenorizada de todo ello. En 1158 tuvo su segunda gran visión, que dio lugar a un nuevo libro: Liber vitae meritorum. Su trabajo, muy difícil de clasificar dentro de la teología, describe los combates entre la virtud y el mal. Una tercera visión le llegó en 1163, y de ella surgió su tercera obra, una cosmología del hombre y su relación con Dios: El libro de las obras divinas.

Fue una mujer sin complejo intelectual alguno, señaló Graña, de obras ambiciosas, con una teología omnicomprensiva basada en su visión divina. Como monja benedictina que era fue una gran estudiosa y erudita. Conocía la Sagrada Escritura, los clásicos y las obras albergadas en los monasterios. Fue enciclopédica e investigadora. Escribió una obra de historia natural basada en la observación y la experiencia, en la que describió su entorno natural, que constituye la primera obra alemana sobre la naturaleza. Hizo libros sobre medicina, que era su profesión, y específicamente sobre traumatología. Sanaba a gentes con enfermedades psicológicas  y psiquiátricas, e incluía la oración para curar el cuerpo y el alma. Fue también taumaturga y curó de forma milagrosa. 

Hildegarda ligaba el conocimiento al amor y la belleza, y se identificaba con San Juan Evangelista. Consideraba que en la realidad del mundo está presente el amor de Dios, y tenía fe en el amoroso creador del mundo. Fue también una artista musical que creó la mayor composición musical escrita hasta el siglo XII, con casi cien obras encuadrables en diferentes géneros musicales. Su música es también especial, con amplitud de rasgos tonales que exigen subidas de agudos muy fuertes y oscilaciones entre la viveza y  la lentitud.

Los expertos mantienen una gran disputa sobre si Hildegarda fue o no creadora  de un saber original. Lo cierto es que compartió inquietudes con los teólogos de su siglo. Sus énfasis y preocupaciones son lo más original de su saber. Creía en la armonía del mundo y en el carácter holístico de la creación y del hombre, que es un concepto reciente. Fue la gran teórica de la complementariedad de los sexos: hombre y mujer son distintos y lo mismo. Su saber está dirigido a la vida y a mejorar las condiciones de vida de sus prójimos, lo que le llevó a implicarse en las cuestiones de la Iglesia de su tiempo y a transgredir las normas, al convertirse en predicadora y viajar por Alemania predicando. Era una mujer clara y dura, pero nunca propuso castigar o perseguir a los herejes, sino convencerlos. 

Al clausurar la sesión, el Decano de la Facultad de Teología, Gabino Uríbarri, SJ, invitó a los asistentes a leer y meditar los escritos de los dos nuevos doctores de la Iglesia.