Fiesta de San Juan de Ávila en la Catedral de Baeza
- Detalles
- Miércoles, 09 Mayo 2012 12:44
- Mons. Ramón del Hoyo
Homilía de Mons. Ramón del Hoyo López
S.I. Catedral de Baeza
07.05.2012
Saludos:
Baeza, ciudad avilista
1. Nos reunimos, una vez más, en esta Catedral de la Ciudad de Baeza, en la Fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular de España.
Aquí celebramos también, el pasado día 3 de abril, la Misa Crismal. Son las dos fiestas sacerdotales más importantes del año y es que, vísperas de su declaración como Doctor de la Iglesia Universal, suplicaremos, desde aquí, su intercesión para que nos inspire y penetre de aquella fuente espiritual sacerdotal que él vivió y predicó en esta querida Ciudad de Baeza. Aquí realizó probablemente la tarea docente y educativa más intensa de su vida.
Celebración de aniversarios sacerdotales
2. En esta celebración ocupa, como ya es habitual, un puesto destacado nuestra acción de gracias por la vida y ministerio de una nutrida corona de hermanos de nuestro Presbiterio que celebran el aniversario de sus sesenta, cincuenta y veinticinco años de sacerdocio. Hoy tendrán una resonancia especial las palabras que dirigimos enseguida a Dios Padre en el Prefacio: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, pero más que nunca en este día…”
Son muchos los fieles que ellos han engendrado, como Obispo, D. Antonio y, como sacerdotes los demás, a la vida nueva en Cristo. Incontables los reconciliados con Dios y con la Iglesia a través de sus manos. ¿Quién podrá contar sus homilías, charlas de formación, predicaciones, consejos, catequesis, visitas a enfermos, a familias, a jóvenes y niños? Y ¿qué decir, sobre todo, de las Misas que han ofrecido, de sus horas y horas de oración ante el sagrario y en todo lugar, de sus limosnas a los pobres y necesitados?
Es tanto lo que hay que agradecer a Dios, con ellos, que la única salida airosa que tenemos es poner todo ello sobre los corporales y la patena, en esta Eucaristía, para que Jesucristo se lo presente al Padre, como Buen Pastor y Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza.
Estoy seguro de que el mismo Señor se alegrará, junto con todos nosotros, si ahora, en Su Nombre y como Pastor de esta Iglesia de Jaén que Él me ha confiado, les doy las gracias a cada uno de ellos. Gracias por todo lo hecho hasta aquí y el deseo de que continúen su entrega generosa a favor de nuestra amada Iglesia. ¡Qué Dios se lo pague con creces, como El sabe hacerlo!
Nuevo impulso misionero
3. La Iglesia diocesana de Jaén, y lo mismo la Ciudad de Baeza, pueden sentir verdadero orgullo de haber contado entre sus fieles y ciudadanos con un sacerdote sabio y santo como San Juan de Ávila, al que muy pronto podremos invocarle como Doctor de la Iglesia Universal. Nuestro compromiso deberá ser incorporar su testimonio y enseñanzas, como verdaderos tesoros, junto con su espiritualidad, a nuestro presbiterio diocesano, a nuestras vidas.
Es un reto que se nos presenta especialmente a los sacerdotes, pero también a los seminaristas, consagrados y fieles laicos. Hemos de volver nuestros ojos a este Maestro ejemplar “por su santidad de vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta, para, con renovada ilusión y esperanza, ir dando pasos por el camino de una Nueva Evangelización, no menos urgente en nuestro tiempo que en los del Apóstol de Andalucía.
Escribía Su Santidad Benedicto XVI en su Carta Apostólica “motu propio” Ubicumque et Semper, por la que creó el nuevo Pontificio Consejo al que ha encomendado promover la Nueva Evangelización, que “lo que necesitan todas las Iglesias que viven en regiones tradicionalmente cristianas (como Jaén), es un renovado impulso misionero… nueva apertura generosa al don de la gracia” Y añadía el Papa con esta ocasión: “No podemos olvidar que el primer deber será siempre el de hacernos dóciles a la labor gratuita del Espíritu del Resucitado… y una experiencia profunda de Dios” (cf. Eclessia 3542 (30.X.2010) 31-33)
Experiencia profunda de Dios, docilidad a la labor gratuita del Espíritu, apertura generosa al don de la gracia, renovado impulso misionero. Estas y no otros serán los pilares seguros sobre los que apoyar nuestras respuestas a la ruptura entre el Evangelio y la sociedad en que nos toca vivir, que ya Pablo VI calificó como “el drama de nuestro tiempo” en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (n.20).
Sin duda son tiempos de esperanza y para no pararnos, todo lo contrario. Son momentos que exigen caminar muy unidos y afrontarles desde la fe en Jesús Resucitado, Buen Pastor que va por delante con nosotros, y llevados de la mano e intención de nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.
Bases para una Nueva Evangelización
4. Al emprender estos caminos de la nueva evangelización que nos propone la Iglesia, antes de nada y muy por encima de programas, reuniones y proyectos, debemos ser muy claros y realistas con nosotros mismos. Estoy seguro de que antes debemos estar profundamente convencidos de que lo que urge entre nosotros es ser santos, estar llenos, como nos recordaba el Santo Padre, de una experiencia profunda de Dios y ponernos, sin condiciones de ninguna clase, junto a Cristo, Buen Pastor, para caminar a su lado en la comunidad diocesana. Escuchemos a San Juan de Ávila:
a) Ser santos:
Para nuestro Maestro la santidad “no consiste en sentimientos, sino en el cumplimiento de la voluntad del Señor” (AF cap. 55,5666 ss). “Aquel es más santo, nos dice, que con profundo desprecio de sí, tiene mayor caridad, en la cual consiste la perfección de la vida cristiana y el cumplimiento de toda la ley” (Ibídem Cap. 76, 7749 ss).
En cualquier estado de vida cristiana se puede y se debe conseguir la santidad ya que es exigencia del Bautismo, solía repetir, pero la reclama de forma especial el ministerio sacerdotal. Todos los ministerios sacerdotales reclaman santidad y son medios y expresiones de esta santidad.
Decía en una Platica: “Allende de esta obligación que tiene de ser buen sacerdote y de guardar su propia conciencia, sucede el tener por oficio ayudar y enseñar las ánimas de sus feligreses, cosa que requiere… no menor santidad que para ofrecer el santo sacrificio del altar” (Plática 1ª, 111 ss).
b) Experiencia profunda de Dios.
Esta nace, nos enseña San Juan de Ávila, de una única fuente: de la oración diaria, de vivir en presencia del Señor. En él, su oración personal duraba ordinariamente dos horas por la mañana y dos por la tarde. “vivir en una constante oración, gran parte de su vida la gastó orando”. A pesar de sus muchas ocupaciones, escribe su biógrafo Muñoz, “no predicaba sermón sin que por muchas horas la oración le dirigiese” (Muñoz, vida. Lib. 1º cap. 8º).
¿Quieres que Dios te de luz y te enseñe, les decía a sus discípulos?: “Ten oración, pide, que darte ha. Todos los engaños, les decía, vienen de no orar” (Ser 13, 560 ss).
Sobre todo en Audi Filia y un pequeño documento suyo titulado de la oración encontramos qué entendía San Juan de Ávila por oración, cómo hacerla, cómo encontrar tiempo y dejar otras cosas, en qué momentos hemos de orar diariamente. No podemos extendernos en ello pero sí señalar al menos, que todo su epistolario es una continua invitación a santificarnos por medio de una vida de oración.
Aconseja la oración continua y en cualquier circunstancia: “No esperéis horas, ni lugares, ni obras para recogeros a amar a Dios, les decía a sus discípulos; mas todos los acontecimientos serán despertadores de amor. Todas las cosas que antes os distraían, agora os recogerán” (Carta 56, 104 s). “Ningún rato haya en el cual, escribe en otra Carta, vuestro corazón no ofrezca a Dios sacrificios de alabanzas y de amor encendido” (Carta 66, 69 s) “En cualquier dificultad perseveremos en mirar a Dios” (Ser 129,19 s).
c) Caminar juntos con Jesucristo Sacerdote:
La hermosura de Cristo es un tema frecuente en los escritos de San Juan de Ávila. Para descubrir esta hermosura y fuente de gracias hay que saberle mirar con gran fe y amor, nos dice.
La salvación o redención realizada por Jesucristo es a partir de su realidad de Mediador y Redentor, como Dios hecho hombre, como sacerdote y víctima. “Contad, escribe, que tenemos negociador en la corte” (Juan 1, Lec 6º, 1285 s). Nuestra “causa” es la suya (cf. Ser 53, 430 ss).
Desde la Encarnación, nos enseña el futuro Doctor de la Iglesia, ejerce esta mediación como Sacerdote y Víctima. Y, de esta realidad sacerdotal participa toda la Iglesia, pero de modo especial los sacerdotes ministros por haber recibido el Sacramento del Orden. Cristo, nos dirá, es “el principal sacerdote y fuente de nuestro sacerdocio” (tratado sobre el sacerdocio n.10). Es víctima porque se ofreció “a la redención del linaje humano” (Gálatas n.31).
Sabemos que San Juan de Ávila vivía esta unión íntima con Jesucristo, Sacerdote y víctima, sobre todo desde la Eucaristía, de la que era un enamorado. La celebraba sin prisas y frecuentemente con lágrimas. Era modelo de devoción para quienes le acompañaban en sus celebraciones y apóstol de la comunión frecuente y hasta diaria ya en su tiempo.
En sus Cartas y Sermones unía la celebración de la Santa Misa a la exigencia de santidad en los sacerdotes (cf. Cars 6 y 8) y a la adoración de su presencia. Escribe: “No te hartes de mirar con entrañable amor, como a cosa tuya, y procura de honrarle” (Ser 36, 2069 ss).
La Eucaristía fue para él como el horno encendido del amor de Dios del que brotaban, luego, todas sus iniciativas de Pastor y Maestro.
En definitiva si no renovamos nuestra fe continuamente no renovaremos la Iglesia, como trataremos de profundizar en el próximo curso pastoral, y que podemos ya meditar en la Carta Apostólica Porta Fidei del pasado 11 de octubre. “Buscad en toda ocasión, como nos dice su Santidad en la Bendición que nos envía con esta ocasión, imitar al Maestro, que vino a servir y no a ser servido”.
Espiritualidad mariana de San Juan de Ávila
5. Permítanme, finalmente, aunque sólo sea mencionarlo dentro de este “mes de María”, la profunda doctrina y espiritualidad mariana de nuestro Patrón, su filial devoción a la Madre de Dios.
Tendremos ocasiones, sin duda, para reflexionar sobre la riqueza mariológica del próximo Doctor de la Iglesia. En este momento, al acercarnos al sacrificio y banquete eucarísticos de esta jornada sacerdotal, señalar únicamente que si es cierto que en la Eucaristía está sólo el Señor, como presencia sacrificial y de comunión, también lo es que aquella carne y sangre de Cristo proceden de María y se inmolaron ambos asociados.
Se trata, como el Santo dijo en un Sermón “del pan de la Virgen” (Ser 39,28) y ella es la que nos invita hoy también, como Madre, para acercarnos a su Hijo con sus mismas palabras: “Venid y comed del pan que yo concebí en mis entrañas y del pan que yo parí” (Ser 12, 19 ss).
El Maestro de Ávila no deja de relacionar esta dimensión mariana de la Eucaristía con la dignidad y santidad del sacerdote ministro (cf. Tratado sobre el sacerdocio n.2, 45 ss.75 ss). Por eso, como ministros de Jesucristo, bien podemos sentirnos también, escribe San Juan de Ávila, “semejantes” a la Virgen María y estrechamente unidos a ella. (cf Carta 6, 88 ss; Carta 8, 45 ss).
6. Que la intercesión poderosa de la Santísima virgen María, Madre de los sacerdotes, y la oración de nuestro Patrono San Juan de Ávila, nos alcancen la gracia de vivir día a día, hasta el final, nuestra entrega sacerdotal en el seguimiento íntimo de Jesucristo, y que llenen especialmente de bendiciones divinas a los hermanos que celebran su sesenta, cincuenta y veinticinco aniversario de su ordenación sacerdotal.
Felicidades.
Amén.