Comunicado Obispos de Andalucía

Comunicado de los obispos de Andalucía con ocasión de su visita a Montilla, 3 de mayo de 1970[1].

 

Hemos venido conscientemente junto a Montilla para encontrar en oración y diálogo junto a los restos y el recuerdo vivo del Beato Juan de Ávila el espíritu y la savia que den sentido profundo a nuestros afanes episcopales.

            Creemos sinceramente que su figura y su lección, aunque revestida con ropajes históricos que ya no tienen vigencia, contienen una enseñanza y un estímulo que nunca quedarán anticuados. En esa convicción, invitamos a todos, especialmente a los sacerdotes, para que aprovechen esta canonización volviendo a saborear sus escritos espirituales y eclesiales, proyectando su mensaje sobre la problemática de hoy.

            Juan de Ávila ―San Juan de Ávila enseguida― fue ante todo un sacerdote que practicó y predicó la oración, dentro de una actividad ministerial casi febril y sacando de ella un enorme compromiso con la vida, que le llevó a participar en todas las empresas de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo.

            Sus Memoriales al Concilio de Trento y al Concilio provincial de Toledo denotan un realismo, una valentía y una lucidez, que iluminan todavía a cuantos vivimos empeñados en la renovación de la Iglesia.

            Sacerdote conciliar y postconciliar en la época de Trento, supo salvar su equilibrio de espíritu y su alegría ministerial al compás de un empeño tenaz por reformar estructuras inservibles ―en real comunión, a veces crítica, con los pastores de la Iglesia― y descubrir caminos de una Iglesia mejor. A él le debe en buena parte la España del Siglo de Oro y la Iglesia de Trento la promoción de esa pléyade de santos que son presupuesto ineludible para toda reforma eclesial.

            Dentro de la realidad sociológica de su tiempo, supo tratar con todos los estamentos sociales y valoró extremadamente la persona humana, fuera ésta un noble poderoso o un sirviente indefenso. Sintetizó de modo admirable, en su persona y en su ministerio, el sentido religioso y el quehacer temporal; la obediencia ejemplar y la libertad de espíritu y de palabra; el temple firme y la dulzura paternal.

            A esta figura extraordinaria del clero secular español encomendamos los propósitos pastorales que nos animan en esta hora de la Iglesia, de España y de Andalucía. En su canonización vemos un signo de cómo el Señor acoge y honra a la larga a cuantos se consumen, en épocas difíciles y a veces entre oscuridades y titubeos, por ensanchar el reino de Dios.



[1] Cf. Boletín Oficial del Obispado de Córdoba, n. 4, sábado 16 de mayo de 1970, pp. 164-165.